El presente artículo fue escrito por Milica Pandzic, Presidenta de Estudiantes por la Libertad en América Latina.

A mi compañero de causa, y de vida.

Margit and Mises2Los liberales sabemos que el ser humano actúa siempre tratando de mejorar su situación, que tiene sueños, metas y gustos que responden a su propia escala de valores, que a través de la  cooperación pacífica se logra el avance de las sociedades, y que las sociedades donde sus individuos no son libres, se marchitan.

Pero antes de ser una doctrina política o un conjunto de postulados económicos, para mí el liberalismo es un modo de vida. Ser liberal presupone la defensa de ciertos principios abstractos y  generales, que llegan a ser concretos en nuestra vida cotidiana -si uno realmente ha internalizado esta filosofía y es concordante con sus ideas. Y esta es una faceta que muchos liberales olvidan.

Aunque podríamos relacionar el liberalismo con muchos –para no decir con todos los– aspectos de nuestras vidas, existe un aspecto en especial que considero está íntimamente relacionado con la libertad, y ese es el amor. Ambos son valores que impulsan al ser humano hacia la búsqueda de su felicidad. Uno ama para ser feliz, y uno es libre para serlo también.

No obstante, la relación entre libertad y amor es sin duda mucho más profunda que un espacio común en la felicidad. De hecho, uno puede entender el amor a través del liberalismo, especialmente sobre esos aspectos que son tan obvios que se esfuman de lo perceptible.

Empecemos por lo más evidente: amar es una decisión. Si bien existen muchos factores que juegan en lo que nos atrae de una persona prima facie, a la larga, querer compartir tu vida con alguien es algo que se evalúa, y finalmente se decide. Y como toda decisión, ésta acarrea costos de oportunidad que entendemos y que voluntariamente aceptamos.

Es ahí donde amar se convierte en un acuerdo voluntario entre personas que han decidido que estar juntas es un mejor escenario que estar solas, porque consideran que juntas pueden cooperar en construir algo mucho más grande que ellas mismas; y que entre todas las personas, se consideran mutuamente las ideales para emprender ese proyecto de vida.

Por otro lado, amar responde a nuestra escala subjetiva de valores. Ya lo ha dicho Ayn Rand: “El amor no es sacrificio, sino la afirmación más profunda de tus propias necesidades y valores. Es para tu propia felicidad para lo que necesitas a la persona que amas, y es el mayor elogio, el mayor homenaje que puedes rendirle a esa persona.” Si amamos a una persona, es porque la misma refleja valores que apreciamos. Por eso, considero que no es posible amar de verdad si no se admira genuinamente a la persona en cuestión, por lo que ésta es y por lo que ésta hace día a día.

Y por eso, amar también es celebrar la individualidad de otra persona. Es incentivarla a ser quien realmente es, es impulsarla hacia lo que la hace verdaderamente feliz, es creer en su potencial, y consecuentemente, es valorarla como una persona independiente, pero sobre todo, como una persona libre.

Aquí llegamos a uno de los aspectos más esenciales tanto del liberalismo como del amor: el respeto a la libertad del otro. Si uno no puede amar en libertad, está condenando ese proyecto al fracaso. Y desafortunadamente, es de lo más común ver cómo la gente piensa que amar es ceder su libertad al arbitrio de otra persona, en aspectos tal fundamentales como lo es la privacidad, las amistades o el uso del tiempo; cuando por el contrario, amar debería ser disfrutar la libertad de esa persona, y ser libre junto a ella.

Por eso vale la pena recordar lo que el liberalismo nos puede enseñar del amor, porque no hay cosa más triste que un amor que no nos deje ser libres. O peor aún, un amor que no sea liberador.