El presente artículo fue escrito por Carolina Anda.

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Una vez K.R. Popper dijo: “El intento de construir el cielo en la Tierra conduce al infierno”.A inicios del siglo XX, fueron dos las ideologías políticas que conmocionaron al mundo: el fascismo y el comunismo. Ambas prometían el paraíso al hombre, y fue allí donde se justificó que la Segunda Guerra Mundial era el primer paso para alcanzar el éxito. Según Vladimir Lenin, el marxismo transformó positivamente a Rusia a través a la Revolución de 1917, por lo que creía que dicho modelo debía propagarse en el resto del mundo. A partir de 1924, bajo el gobierno de Stalin (sucesor de Lenin), buscó esta expansión con lo que alguna vez se hizo llamar la Unión Soviética. Sin embargo, esta ideología, a pesar de su buena intención de liberar a los obreros de la explotación y la sumisión del yugo, no tardó mucho en denotar su naturaleza totalitaria. Para los marxistas, el camino hacia el paraíso de la igualdad requería y justificaba la aniquilación de todos aquellos reacios al modelo político que proponían. Mientras tanto, en el lado de la Europa Occidental reinaba una ideología distinta pero de semejante naturaleza: el fascismo. En muchos aspectos, esta ideología se parecía al marxismo, sobre todo en su naturaleza totalitaria. Su diferencia radicaba en que su concepción hacia el ser humano no era igualitaria sino más bien elitista. El fascismo proponía la lucha entre razas y pueblos a fin de que ganara el más fuerte: “…toda la naturaleza es una formidable pugna entre la debilidad y la fuerza, una eterna victoria del fuerte sobre el débil.” (Hitler, 1923). El fascismo se arraigó en Europa y sobre todo en aquellas personas que se consideraban a ellos mismos y a sus pueblos los más fuertes.

No obstante, existe una alternativa a los modelos políticos totalitarios que una vez fueron capaces de sacrificar vidas humanas para la realización del régimen. La Sociedad Abierta fue un concepto tomado del filósofo francés Henri Bergson y con el que se buscaba reflejar una estructura política en la que no solo se garantizara el mayor grado posible de libertad individual, sino que además, y a diferencia de las políticas totalitarias, estaba siempre preparada para sufrir transformaciones y adoptar innovaciones sociales, dispuesta a tomar en cuenta la crítica del pueblo. La sociedad abierta adopta la naturaleza de la época histórica de la Ilustración, al poner la felicidad y el conocimiento humano por sobre todas las cosas. La sociedad abierta demanda igualdad ante la ley, pero respeta la diversidad entre individuos. Sirve como respuesta hacia aquellas ideologías políticas que constituyen en sí una amenaza para la sociedad por ser sistemas cerrados y herméticos que no toleran modificaciones o transformaciones. Las ideologías políticas del comunismo y el fascismo, creían que la historia transcurre con aquellos procesos claramente reconocidos. Los fascistas dedujeron la existencia de razas elegidas para el poder y el dominio; mientras que los comunistas infirieron la inevitabilidad de la Revolución Proletaria en la que su actor principal era la clase obrera. En este tipo de formas políticas, el gobierno claramente es dueño del Estado infundiendo sumisión y contantes amenazas hacia su gente, cuando en realidad, es el pueblo el que no debería temerle a su gobierno; sino más bien los gobiernos deben temerle al pueblo.

Dentro del contexto económico y por ende social, las naciones que pueden ser consideradas sociedades abiertas tenderán con el tiempo a mejorar su economía ya que ésta no será constantemente interrumpida y regulada por el gobierno, sino que éste le permitirá a la sociedad ser libre respetando los parámetros necesarios para gozar de una libertad que no desemboque en el libertinaje –el daño a terceros. Al mismo tiempo, el individuo que viva en este tipo de sociedad podrá auto realizarse sin interrupciones, tal como lo dijo Adam Smith: “…ser perfectamente libre para perseguir su propio interés a su propia manera”.

Esto significa que la propuesta de una sociedad libre denota un mercado libre que al mismo tiempo se rige, no por el gobierno en su totalidad, sino por algo más inmenso, más efectivo y funcional: el sistema de precios como un determinante asignador de recursos en dónde abunda la información pertinente ofreciendo acuerdos mutuos entre consumidor – vendedor, a fin de la obtención del beneficio propio. El conjunto de esta constante y eterna búsqueda de beneficios propios resultará en sociedades con mejores situaciones colectivas, ya que la búsqueda individual del bien constituye la obtención de un bien colectivo mayor.

Una sociedad abierta también se rige por la Ley de la ventaja comparativa, que explica los beneficios que el comercio puede aportar a las dos partes de una transacción dada, incluso en el caso que una de ellas sea potencialmente más productiva que la otra en todos los sentidos. Una sociedad abierta reafirma constantemente el valor del libre comercio como fuente primordial para la riqueza de los países. Por ende, justifica la existencia de la globalización o el comercio internacional y de manera implícita, fomenta la lucha por conseguir un mundo más integrado, rico de sociedades abiertas y libres, capaces de participar y actuar a su gusto.

Por último, una sociedad abierta en la política y en la economía se rige por el mismo principio que en la filosofía y en la ciencia: no existe el conocimiento definitivo, tan solo existen aproximaciones a una solución mejor, y para esto se debe estar dispuesto a aceptar la crítica, las innovaciones y el cambio, reconociendo que todos los sistemas cerrados constituyen en sí el origen de la auto destrucción, la decadencia, y la ceguera de una sociedad.

 

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